En algún lugar del centro de Taiwán, aunque ya ha pasado la medianoche, decenas de miles de peregrinos continúan avanzando a través de la oscuridad tras un palanquín dorado que porta a la diosa Mazu (媽祖). En su peregrinación anual por la isla, no se guían por las estrellas que iluminan el cielo nocturno, sino por el resplandor de pequeños puntos luminosos que brillan en las pantallas de sus teléfonos móviles. Bienvenidos a Taiwán, donde lo divino y lo digital conviven desde hace años como viejos amigos.
Taiwán suele ser celebrado por su tecnología, su gastronomía, sus impresionantes montañas y sus bulliciosos mercados nocturnos. Sin embargo, hay otro rasgo extraordinario que define a la isla y que a menudo pasa desapercibido: su profunda relación con la fe. En pocos lugares del mundo la religión se entreteje con tanta naturalidad en el ritmo de la vida cotidiana. No como una obligación ni como motivo de controversia, sino como algo tan esencial como respirar. Y en muy pocos lugares las creencias ancestrales han sabido adaptarse con tanta fluidez al mundo moderno sin perder ni un solo hilo de su esencia.
La unión de tres tradiciones: una filosofía espiritual
Para comprender la religión popular taiwanesa, quizá sea necesario olvidar todo lo que sabemos sobre las fronteras claramente definidas entre las distintas fes. En Taiwán, la tradición espiritual predominante no pertenece a una sola religión, sino que surge de una singular fusión entre el confucianismo, el taoísmo y el budismo: una convivencia filosófica que ha dado lugar a una de las culturas religiosas más inclusivas y singulares del mundo.
Del confucianismo emana la estructura moral: la piedad filial, el sentido de responsabilidad hacia la comunidad y el respeto por los maestros y los mayores. El taoísmo aporta la dimensión ritual: las coloridas ceremonias en los templos, las prácticas destinadas a alejar las influencias negativas y la búsqueda constante de la armonía con la naturaleza. El budismo, por su parte, incorpora una visión cosmológica más profunda, fundamentada en el karma, la reencarnación y el ideal compasivo de aliviar el sufrimiento de todos los seres. Al entrar en casi cualquier templo taiwanés, es habitual encontrar deidades procedentes del confucianismo, el taoísmo y el budismo compartiendo espacio e incluso altar, sin que parezca existir conflicto teológico alguno. Para quienes provienen de sociedades marcadas por siglos de guerras y divisiones religiosas, esta convivencia puede resultar casi milagrosa. Para los taiwaneses, en cambio, no es más que un día cualquiera.

Los dioses de al lado
El panteón taiwanés es vasto, colorido y sorprendentemente práctico. Son dioses con responsabilidades concretas.
Mazu (媽祖), la Reina del Cielo, comenzó siendo la protectora de los pescadores y marineros que se aventuraban a cruzar las aguas traicioneras del Estrecho de Taiwán. Con el paso de los siglos, su ámbito de protección fue ampliándose hasta convertirse en una especie de madre espiritual de la isla. Hoy se le rinde culto en más de 510 templos repartidos por toda la isla. (Si se considera que la isla cuenta con apenas 36.197 kilómetros cuadrados de superficie, la densidad de esta devoción resulta verdaderamente extraordinaria). Los templos de Mazu (媽祖) se cuentan entre los más impresionantes de Asia: columnas entrelazadas con dragones esculpidos, densas nubes de incienso que parecen velar la luz del sol y altares rebosantes de frutas, flores y ofrendas, testimonio de una devoción transmitida de generación en generación.

Tudigong (土地公), el humilde Dios de la Tierra, es la deidad del vecindario por excelencia. Es una especie de amable funcionario celestial encargado de velar por la fertilidad de los campos, la prosperidad de los negocios y la armonía de la comunidad. Sus pequeños santuarios aparecen en los lugares más cotidianos: bajo la sombra de los árboles, junto a las carreteras o en el interior de pequeñas tiendas. En una sociedad donde los pequeños negocios constituyen el corazón de la economía, Tudigong (土地公) rara vez pasa un día sin recibir visitantes.

En tercer lugar, conviene mencionar a Guanyu (關羽), el general deificado cuya autoridad moral es tan formidable que tanto agentes de policía como miembros de organizaciones criminales le rinden culto en sus altares. Es, al mismo tiempo, el dios de la rectitud, del comercio y del éxito académico. Le invitamos a leer nuestro artículo anterior para conocer mejor a este multitarea divino en la sociedad multitarea que es Taiwán.

Y cuando se trata de asuntos del corazón, está Yuelao (月老), el Anciano Bajo la Luna, la deidad encargada de atar los hilos rojos del destino que unen a las futuras parejas. Los jóvenes acuden en masa a sus santuarios no solo en busca del amor, sino también, cada vez más, de amistad, confianza en sí mismos y —como una encantadora señal de los tiempos que corren— de conseguir entradas sin contratiempos para el concierto de su estrella del pop favorita.

La diosa Mazu se vuelve digital
La peregrinación anual de Mazu (媽祖), celebrada durante el tercer mes del calendario lunar, es el acontecimiento religioso más importante de Taiwán y uno de los más extraordinarios del planeta. En 2004, Discovery Channel la reconoció como una de las tres grandes festividades religiosas del mundo, junto con la peregrinación a La Meca. Cada año, cientos de miles de fieles acompañan el palanquín de la diosa durante aproximadamente nueve días y a lo largo de más de 300 kilómetros por toda la isla. Duermen en templos, se alimentan gracias a la generosidad de desconocidos y recorren el camino bajo el sol y la lluvia. Al final del viaje, llegan con los pies llenos de ampollas y la ropa empapada de sudor, pero también con el corazón profundamente conmovido.
Lejos de disminuir en la era digital, la peregrinación ha seguido creciendo. El año pasado, la retransmisión en directo de la peregrinación de Baishatun Mazu (白沙屯媽祖) atrajo a más de 700.000 espectadores, permitiendo que comunidades taiwanesas en Los Ángeles, Tokio y Fráncfort siguieran el recorrido en resolución 4K mientras el palanquín atravesaba escuelas primarias, estrechos callejones y arrozales bañados por la luz de la luna. Además, una aplicación móvil permite a los fieles seguir en tiempo real la ubicación exacta del palanquín mediante GPS. Esta información resulta esencial, ya que la ruta de Mazu (媽祖) es famosa por su espontaneidad. No sigue un programa preestablecido, sino que se deja guiar por la voluntad divina atribuida a la propia diosa. Cuando el palanquín se detiene, decenas de miles de personas se detienen con él. Un cambio inesperado de dirección basta para que la multitud haga lo mismo. La tecnología no ha hecho que la peregrinación sea menos mística; simplemente ha hecho que el misterio sea más fácil de seguir.

Oraciones en la nube
La digitalización de la fe en Taiwán va mucho más allá del seguimiento de peregrinaciones. Hoy en día, numerosos templos transmiten regularmente ceremonias y rituales a través de YouTube. Además, mediante plataformas digitales, los devotos pueden encender de forma virtual los tradicionales guāngmíngdēng (光明燈, blessing lamps), pequeñas lámparas que permanecen encendidas en los templos durante un año como símbolo de protección y bendición. De este modo, los taiwaneses de ultramar pueden seguir participando en rituales que sus abuelos practicaban en persona.
Los guāngmíngdēng (光明燈), de hecho, cuentan una historia discreta pero conmovedora sobre el cambio social en Taiwán. Originalmente, consistían en pequeñas placas iluminadas dentro de los templos; hoy pueden adquirirse, renovarse y gestionarse desde cualquier lugar del mundo. En los últimos años ha surgido incluso una nueva categoría: las lámparas de bendición para mascotas. A medida que la tasa de natalidad ha disminuido y los apartamentos de las ciudades se han llenado de perros y gatos tratados como auténticos miembros de la familia, los templos también han sabido adaptarse a esta nueva realidad social. Hoy en día, encender una lámpara de bendición para un hámster mascota se ha convertido en algo completamente normal, una evolución que resume a la perfección la capacidad de Taiwán para honrar la tradición sin dejar de abrazar el presente.

Cuando la fe se vuelve sostenible
Los templos de Taiwán también se están adaptando a las realidades medioambientales con la ingeniosidad que los caracteriza. Para reducir las emisiones de humo, el Templo Xingtian (行天宮), uno de los más visitados de Taipéi, retiró hace años sus grandes quemadores de incienso y comenzó a animar a los fieles a rezar con las manos juntas en lugar de encender varillas de incienso. En toda la isla, iniciativas como la campaña «cambiar el papel de oro por arroz» promueven la donación de alimentos a personas necesitadas como alternativa a la quema de ofrendas de papel. Algunos templos han instalado incluso monitores de calidad del aire PM2.5 en sus patios, una estampa sorprendente en la que lo ancestral y lo ultramoderno conviven lado a lado.
El aperitivo obediente «Kuai Kuai» y otros misterios sagrados

Ningún recorrido por las creencias populares taiwanesas estaría completo sin mencionar a Kuai Kuai (乖乖), el popular aperitivo de maíz inflado que ha acompañado la infancia de generaciones de taiwaneses y cuyo nombre significa «obediente» o «bien portado». Con el paso del tiempo, los ingenieros taiwaneses comenzaron a creer que colocar un paquete verde de Kuai Kuai (乖乖) sobre un servidor, una máquina de resonancia magnética o un equipo de fabricación de semiconductores ayudaba a que todo siguiera funcionando sin contratiempos. La lógica popular sostiene que el color verde del paquete equivale a una «luz verde» constante y ayuda a que todos los sistemas funcionen como la seda. La BBC dedicó en 2021 un reportaje a este curioso fenómeno bajo el título «El snack de la buena suerte que hace que la tecnología taiwanesa se porte bien», una historia que observaba la costumbre con una mezcla de desconcierto y fascinación. Hoy en día, esta práctica está ampliamente extendida en el sector tecnológico taiwanés. Se lleva a cabo con una sonrisa cómplice y una esperanza sincera de que realmente funcione. Y, al fin y al cabo, tampoco parece hacer ningún daño.

También existe en Taiwán un singular arte de las plegarias basadas en homófonos: la costumbre de buscar la buena fortuna a través de palabras cuyo sonido evoca bendiciones y buenos augurios. Ofrecer una manzana (píngguǒ) en un templo simboliza el deseo de paz y seguridad (píngān), ya que ambas palabras comparten una pronunciación similar. De la misma manera, ofrecer juntos unos bāozi y unos zòngzi evoca la expresión bāozhòng (包中), asociada a la idea de aprobar exámenes con éxito. Para los observadores extranjeros, estas prácticas pueden parecer simples juegos de palabras. Para quienes participan en ellas, son una forma de expresar anhelos, transmitir buenos deseos y, en definitiva, hablar el lenguaje de la esperanza.
Un templo de puertas abiertas
Lo que hace tan extraordinaria la cultura de la fe en Taiwán —y tan atractiva para los viajeros curiosos— es su profunda apertura. En la mayoría de los templos no hay guardianes de la ortodoxia, estrictos códigos de vestimenta ni siquiera la necesidad de profesar una creencia determinada. Los turistas entran y reciben unas varillas de incienso acompañadas de una sonrisa. Los escépticos pueden encender velas junto a los más devotos. Y un viajero extranjero que intenta orientarse torpemente entre incienso, reverencias y rituales no tarda en encontrar a algún desconocido dispuesto a ayudarle con amabilidad, como si se tratara de la cosa más natural del mundo.
Las antiguas creencias de Taiwán no han perdurado hasta nuestros días aferrándose rígidamente al pasado. Han perdurado porque siguen siendo, en esencia, tradiciones vivas. Son curiosas, flexibles y capaces de adaptarse; pueden manifestarse tanto en la pantalla de un teléfono inteligente como en una bolsa de Kuai Kuai (乖乖) —el famoso aperitivo «obediente»— colocada junto a un servidor informático. En un mundo donde muchas culturas todavía intentan conciliar la tradición y el progreso, Taiwán ofrece una alternativa tan discreta como revolucionaria: quizá nunca fueron opuestos.
La próxima vez que veas en una retransmisión en 4K un palanquín dorado avanzando por la noche, con el teléfono en la mano y preguntándote qué pensar de todo ello, recuerda esto: de la forma más taiwanesa posible, ya estás participando.


