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Reportaje

Banquete para los Muertos: Un viaje por la cultura del Mes de los Fantasmas en Taiwán

Cada verano, entre el calor sofocante de agosto y el primer aliento fresco del otoño, el ritmo de Taiwán cambia casi sin que nadie lo advierta. Los salones de bodas quedan en silencio. Los contratos de las viviendas nuevas esperan sin firmar. Las aceras se llenan de mesas plegables cubiertas de pollo asado, frutas y el humo del incienso que asciende lentamente hacia el aire del atardecer. Durante un mes del calendario lunar, la isla abre sus puertas al mundo de los muertos.

Este es el Guǐ Yuè (鬼月), el Mes de los Fantasmas, una de las manifestaciones más singulares del paisaje cultural de Taiwán. El Guǐ Yuè (鬼月) comienza el primer día del séptimo mes del calendario lunar. Según la tradición, las puertas del inframundo se abren y permiten que los espíritus regresen al mundo de los vivos durante treinta días, antes de volver a cerrarse al final del mes. Es una época que recompensa al viajero curioso, porque en casi ningún otro lugar del mundo podrá presenciar cómo una sociedad moderna y tecnológicamente avanzada se detiene para honrar y alimentar a sus muertos.

El Mes de los Fantasmas ≠ el Halloween de Taiwán

Con la llegada del Mes de los Fantasmas, muchos visitantes recurren a una comparación familiar: «Ah, entonces es como su Halloween». Pero nada más lejos de la realidad. Comprender por qué es el primer paso para descubrir una de las tradiciones más singulares de la isla. Halloween celebra los disfraces, los dulces y los sustos como parte del juego. El Guǐ Yuè (鬼月), en cambio, hunde sus raíces en una tradición muy distinta: una fusión entre la cosmología taoísta y la compasión budista. En la tradición taoísta, el Mes de los Fantasmas gira en torno a la festividad del Oficial Terrenal (Dìguān Dàdì, 地官大帝), la deidad encargada de absolver los pecados de los difuntos. En la tradición budista, por su parte, evoca la historia de Mulian, el monje que intentó rescatar a su madre del reino de los fantasmas hambrientos y que, gracias al mérito colectivo y a la solidaridad de la comunidad monástica, logró finalmente liberarla. Con el paso de los siglos, ambas tradiciones acabaron entrelazándose hasta dar origen a una de las manifestaciones culturales más singulares de Taiwán: una tradición dedicada a alimentar a los espíritus hambrientos, honrar a los antepasados y mostrar compasión incluso hacia aquellas almas que ya nadie recuerda.

Dado que el Mes de los Fantasmas hunde parte de sus raíces en el taoísmo, durante este periodo es habitual encontrar rituales y ceremonias taoístas por toda Taiwán. (Imagen tomada de la página de Facebook del Festival Zhongyuan de Keelung)

Ese es el verdadero corazón del Mes de los Fantasmas: no el miedo a los espíritus, sino la empatía hacia ellos. Los antepasados cuentan con descendientes que los recuerdan y los honran, pero los gūhún yěguǐ (孤魂野鬼), las «almas errantes sin un hogar al que regresar», no tienen a nadie que cuide de ellos. La tradición taiwanesa sostiene que, si estos espíritus errantes son acogidos con respeto, alimentados y tratados con cortesía, atravesarán el mes en paz, en lugar de sembrar inquietud entre los vivos. Por eso, durante el Mes de los Fantasmas, muchas familias reservan un lugar más en la mesa para los difuntos. En Taiwán, además, rara vez se les llama simplemente guǐ (fantasma). Lo habitual es referirse a ellos como Hǎo Xiōngdì (好兄弟, Buenos Hermanos), un nombre que encierra a la vez respeto y cautela, y que convierte un antiguo tabú lingüístico en una expresión de consideración.

Un mes entero de banquetes para los muertos

Basta con recorrer casi cualquier barrio de Taiwán durante el Mes de los Fantasmas para encontrarse con mesas de ofrendas instaladas frente a viviendas, comercios y edificios de oficinas, rebosantes de comida. Cada plato lleva una varilla de incienso encendida, señal de que la ofrenda ha sido dispuesta para que los espíritus puedan disfrutar de ella. Esta tradición recibe el nombre de Pǔdù (普渡), literalmente «salvación universal». Las ceremonias de Pǔdù se suceden a lo largo de todo el mes y alcanzan su punto culminante el decimoquinto día del séptimo mes lunar, durante el Festival Zhongyuan. Ese día, templos, comunidades de vecinos e incluso edificios enteros de oficinas coordinan cuidadosamente los horarios de sus ofrendas para que cada celebración tenga su propio momento.

Las ofrendas del Pǔdù también tienen su propio lenguaje simbólico. Un pollo entero, un pescado entero y un gran trozo de carne de cerdo conforman los llamados «tres sacrificios» (sānshēng, 三牲). Deben ofrecerse enteros, sin cortar, ya que su integridad simboliza la sinceridad de quien presenta la ofrenda; servirlos ya troceados se considera una falta de respeto. (Al fin y al cabo, nadie sabe cómo murieron esos errantes «Buenos Hermanos». Quizá algunos aún deambulen incompletos...). La fruta tampoco se elige al azar. Se prefieren aquellas cuyos nombres suenan auspiciosos en mandarín o en taiwanés: las naranjas simbolizan la buena fortuna y las manzanas, la paz. La piña, en cambio, suele estar ausente de las mesas de ofrendas durante el Mes de los Fantasmas, ya que, en taiwanés, su nombre suena como «que llegue la prosperidad», precisamente el tipo de invitación que nadie querría dirigir a un espíritu hambriento. Por la misma razón, el plátano, la ciruela y la pera rara vez se ofrecen juntos, porque, cuando sus nombres se pronuncian en ese orden en taiwanés, evocan una expresión inquietantemente parecida a una invitación: «Por favor, entren todos».

Durante el Mes de los Fantasmas, muchas familias taiwanesas instalan frente a sus hogares mesas de ofrendas rebosantes de alimentos. (Imagen tomada del National Cultural Memory Bank de Taiwán.)

Algunos detalles recuerdan a la llegada de unos parientes lejanos: se los recibe con hospitalidad, aunque siempre con cierta cautela. Junto a la mesa de ofrendas se coloca un recipiente con agua y una toalla limpia para que los espíritus, cansados del largo viaje, puedan asearse antes de comer. También se sirve deliberadamente una sopa de espinaca de agua que no llega a cocerse del todo, una forma sutil de decir: «Sean bienvenidos a comer, pero no se queden más tiempo del necesario». Para evitar el desperdicio de tanta comida, muchas comunidades levantan las características «pagodas de latas», apilando alimentos y bebidas sin abrir hasta formar auténticas pagodas de latas. Una vez concluido el ritual, su contenido se distribuye entre los fieles, los vecinos o entidades benéficas.

Y luego está el remedio más insólito de Taiwán para mantener a raya a los espíritus: un sencillo aperitivo infantil. Las bolsas verdes de Kuài Kuài (乖乖), un aperitivo de maíz con sabor a coco cuyo nombre significa literalmente «portarse bien», forman ya parte del paisaje cotidiano, no solo en las mesas de ofrendas, sino también sobre servidores, cajeros automáticos y equipos de laboratorio de toda la industria tecnológica taiwanesa. Todo se basa en un ingenioso juego de palabras: si el Kuài Kuài se «porta bien», también lo harán las máquinas. Durante el Mes de los Fantasmas, esas mismas bolsas verdes aparecen también sobre altares, mesas de ofrendas y escritorios, como una forma de pedir que los espíritus visitantes también se porten bien. Es una imagen profundamente taiwanesa: un país famoso por fabricar algunos de los semiconductores más avanzados del mundo que, al mismo tiempo, sigue depositando su confianza en una sencilla bolsa de aperitivos de maíz para que tanto los servidores como los espíritus errantes se porten bien.

Durante el Mes de los Fantasmas, los taiwaneses queman papel moneda ritual como una forma de hacer llegar sus ofrendas a los espíritus errantes.

Junto a las ofrendas de comida, muchas familias también queman papel moneda ritual: hojas de papel adornadas con motivos dorados y plateados, concebidas como la moneda que los difuntos utilizarán en el mundo de los muertos. En circunstancias normales, este gesto se reserva para los propios antepasados. Durante el Mes de los Fantasmas, sin embargo, las familias taiwanesas lo hacen extensivo también a las almas errantes que no tienen descendientes que las recuerden, en un acto de compasión ritual hacia los muertos. (No es raro que algunos visitantes internacionales, atraídos por el brillo de sus láminas doradas, compren estos papeles como recuerdo. Conviene saber, sin embargo, que para los taiwaneses no se trata de un simple papel decorativo, sino una forma de dinero simbólico para el otro mundo.) En los últimos años, la creciente preocupación por el medio ambiente ha llevado a muchas comunidades a sustituir la quema tradicional por sistemas centralizados de incineración o por ceremonias virtuales, reduciendo el humo sin renunciar al espíritu de la tradición.

Escalar con fines benéficos

Los equipos de Qiǎnggū ascienden por altos postes cubiertos de grasa, en una prueba que simboliza tanto una ofrenda espiritual como la fuerza y la cohesión de la comunidad. (Imagen tomada del National Cultural Memory Bank de Taiwán.)

Si las ofrendas cotidianas son el latido silencioso del Mes de los Fantasmas, sus últimos días culminan con el momento más impresionante. En la última noche del Mes de los Fantasmas, justo antes de que las puertas del inframundo vuelvan a cerrarse por otro año, la localidad costera de Toucheng, en el condado de Yilan (y, en una versión más modesta, la localidad de Hengchun, en el condado de Pingtung), acoge el Qiǎnggū (搶孤), una espectacular competición de escalada sobre postes engrasados. Los equipos participantes ascienden por postes de más de diez metros de altura, cubiertos de manteca, hasta alcanzar una estructura de bambú aún más elevada, donde compiten por hacerse con las banderas y las ofrendas colocadas en lo más alto.

Esta tradición se remonta a los primeros colonos de la dinastía Qing que se asentaron en la llanura de Yilan. Muchos de ellos murieron lejos de su tierra natal, víctimas de enfermedades, desastres naturales o conflictos, convirtiéndose en almas errantes, sin descendientes ni familiares que velaran por ellos. Las comunidades comenzaron entonces a escalar los postes para hacerse con las ofrendas en nombre de aquellas almas. Después, una vez concluido el ritual, los alimentos se distribuían entre los más necesitados. Debido a los frecuentes accidentes, la competición fue prohibida durante un tiempo. Sin embargo, en 1991, Toucheng recuperó la tradición incorporando modernas medidas de seguridad. Hoy, este espectáculo, que se prolonga durante toda la noche, atrae a miles de espectadores y combina religión popular, destreza atlética y orgullo comunitario, demostrando que el Mes de los Fantasmas, por solemne que sea, también sabe convertir la solidaridad en una auténtica celebración.

El Qiǎnggū reúne en un mismo espectáculo una imponente torre de bambú engrasada, rituales religiosos, apasionados participantes y numerosos espectadores. (Imagen tomada del National Cultural Memory Bank de Taiwán.)

Convivir con los «Buenos Hermanos»

El Mes de los Fantasmas también va acompañado de una serie de precauciones cotidianas, tan profundamente arraigadas en la vida diaria que muchos taiwaneses las observan casi sin pensarlo. Durante este mes, se evita nadar o permanecer junto a ríos, lagos y el mar. Detrás de esta costumbre se esconde una antigua sabiduría popular: advertir sobre los peligros de las corrientes estivales recurriendo al lenguaje de los espíritus del agua. También se desaconseja deambular por la calle entrada la noche. Y si, después del anochecer, alguien te llama por tu nombre a tus espaldas, la tradición aconseja no volverse jamás, pues quizá quien esté detrás no sea quien imaginas. Tampoco es habitual dejar la ropa tendida al aire libre durante toda la noche. Según la creencia popular, la silueta humana que dibuja una prenda vacía se considera un lugar ideal para que un espíritu descanse.

Cada año, la ciudad de Keelung celebra un gran festival con motivo del Mes de los Fantasmas. (Imagen tomada de la página de Facebook del Festival Zhongyuan de Keelung)

Por qué merece la pena vivirlo

El Mes de los Fantasmas ofrece una oportunidad excepcional para descubrir cómo Taiwán, una sociedad profundamente moderna, con trenes de alta velocidad y una industria de semiconductores líder en el mundo, sigue conviviendo con creencias centenarias sobre el deber, la hospitalidad y la memoria. Es una cultura que extiende su compasión incluso a los muertos olvidados. Y esa generosidad de espíritu revela tanto sobre los vivos de Taiwán como sobre sus propios fantasmas.

Para cualquiera que se sienta atraído por Taiwán —ya sea un viajero que recorre un mercado nocturno entre el humo del incienso, un empresario intrigado por descubrir por qué se deja una bolsa de aperitivos en el suelo de una fábrica, o un estudiante de chino mandarín que intenta comprender por qué «Hǎo Xiōngdì» (Buenos Hermanos) puede significar mucho más que un simple hermano—, el Mes de los Fantasmas es una invitación abierta. Ven a descubrirlo, haz preguntas y, quizá, deja una naranja sobre la mesa de ofrendas. Los Buenos Hermanos —y quienes los reciben año tras año— estarán encantados de darte la bienvenida.

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